El Cine Embajador se alza en la calle Zainul Arifin como un monumento a tiempos olvidados. Su fachada art déco, una vez blanca y reluciente, ahora descama bajo la lluvia ecuatorial que flagela Medan sin piedad. Las columnas de estuco sostienen un marquesina que nunca volverá a anunciar estrenos. Las ventanas, cubiertas con tablones de madera podrida, filtran franjas de luz que revelan una oscuridad interior casi palpable. Durante setenta años fue el corazón cultural del barrio; ahora es un sepulcro de celuloide y recuerdos.
La historia perturbadora comenzó hace cuatro años, cuando un vigilante nocturno reportó haber escuchado la proyección de una película a las doce de la noche. Lo extraño no era solo el sonido del proyector —ese traqueteo inconfundible de los equipos antiguos— sino el hecho de que la puerta principal permanecía cerrada con candado, las rejas intactas, sin signos de intrusión. El vigilante, un hombre llamado Surya que trabajaba en el Gedung Waris —el hotel colonial frente al cine—, juró haber visto luz blanca derramándose por las grietas de los tablones. Una luz que no provenía de las linternas de ningún operador, sino que brotaba del interior como si emanara de la pantalla misma. Ingresó por una ventana rota en el sótano. Lo que encontró lo hizo desertar ese empleo para siempre.
La Película Sin Título
Según Surya —quien meses después accedió a hablar con curiosos del barrio— el proyector de 16 milímetros estaba encendido, funcionando sin ninguna persona presente. La película que se proyectaba en la pantalla resquebrajada era en blanco y negro, dañada, saltando fotogramas. Pero lo más perturbador eran sus imágenes: mostraba el interior del mismo cine, pero en un tiempo anterior, con filas completas de espectadores de rostro borroso, todos mirando fijamente hacia la cámara. Luego, la cinta saltaba a escenas de las calles de Medan tal como eran en los años cincuenta. Gente que caminaba sin propósito. Luego de nuevo el cine, ahora vacío. Luego, nuevamente lleno. Un bucle hipnótico que repetía la misma secuencia cada noche a medianoche.
Los investigadores paranormales que visitaron el lugar encontraron algo igualmente inquietante: no había carretes en la bobina superior del proyector, aunque la máquina seguía funcionando. No había electricidad en el edificio desde 1998. El proyector portaba la fecha 1947 grabada en su carcasa de metal. Cuando lograron detener el mecanismo, descubrieron que las bobinas vacías pesaban más de lo que debería, como si contenieran algo invisible. La última noche que alguien intentó ingresar al cine, en 2023, los tablones de las puertas habían sido retirados desde adentro y realineados meticulosamente. El mensaje era claro: algo no quería curiosos.
Hoy, el Cine Embajador continúa su proyección silenciosa. Los residentes del barrio evitan pasar por la calle Zainul Arifin después del anochecer. Ocasionalmente, turistas mal informados intentan fotografiar la fachada. Aquellos que lo han hecho reportan que sus imágenes muestran, de alguna manera, el interior del cine reflejado en las ventanas: filas de butacas vacías, y en la pantalla, una película que cambia según quién la observe. Una película que nunca termina.