Archivo Nocturno · Criaturas y avistamientos

El Colmilludo de Accra: lo que los conductores nocturnos nunca cuentan

Relato de ficción: los personajes, lugares y hechos son inventados.

El Colmilludo de Accra: lo que los conductores nocturnos nunca cuentan

Nadie en la estación de taxis de Makola quiere trabajar después de las 2 de la madrugada en la ruta Osu-Labadi. Al menos, no desde 2019. Los conductores lo saben, aunque ninguno lo diga en voz alta durante el turno de día. Es uno de esos secretos que circula en susurros entre fumadores de cigarrillos baratos, en pausas para café, siempre con la mirada hacia otro lado. El expediente no tiene nombre oficial. Los registros policiales lo descartan. Pero existe.

Comenzó con Kwesi, un taxista de diecinueve años que recogió a un pasajero cerca del puente peatonal de Makola una madrugada de octubre. Nunca llegó al destino. Lo encontraron tres días después en las afueras de Tema, cuarenta kilómetros al este, deambulando descalzo y hablando de "dientes que brillaban como vidrio mojado" y de "una cabeza demasiado grande para cualquier cuello". Kwesi pasó tres meses en el hospital. Cuando salió, había perdido el habla. Ahora vive con su madre en Kasoa, y aunque come bien, sus ojos no parpadean como los de otras personas.

El patrón de las desapariciones

Entre noviembre de 2019 y julio de 2023, la Asociación de Taxistas de Accra registró catorce conductores que dejaron de aparecer. Algunos reaparecieron, otros no. Los que volvieron compartían detalles idénticos: un pasajero recogido en la oscuridad, siempre masculino, nunca con dinero en efectivo. Un acento que no era de Accra. Una conversación que se detenía de repente. Y luego, un sonido. Los conductores que podían hablar lo describían como un gruñido que no debería venir de una garganta humana, seguido de un impacto que les borraba la memoria de lo que sucedía después. Algunos despertaban en el Río Volta. Otros en zanjas de construcción abandonadas en Darkuman. Uno fue hallado colgando de la rama de un árbol de cacao en Shai Hills, sin heridas visibles, pero con la mandíbula dislocada de manera que sus dientes quedaban permanentemente expuestos.

Los rumores entre los taxistas hablan de una criatura que habita las márgenes del desarrollo urbano de Accra, en esos espacios donde la ciudad se deshilacha en matorrales y estructuras inacabadas. Dicen que tiene la forma aproximada de un hombre, pero sus proporciones son equivocadas: los brazos demasiado largos, la columna vertebral curvada de un modo que ningún esqueleto humano permitiría. Pero lo que todos mencionan, lo que hace que los conductores giren la cabeza cuando alguien lo describe, son los dientes. Filas de ellos, grandes como piedras de río pulidas, visibles incluso en la más absoluta oscuridad. Un conductor juró haberlo visto reflejado en su espejo retrovisor durante tres minutos completos sin parpadear.

Hoy, la ruta Osu-Labadi después de las 2 a.m. permanece curiosamente vacía. Los pasajeros esperan en las esquinas hasta que amanece. Los taxistas que llegan nuevos a Accra, sin conocer la tradición no escrita, son advertidos por los veteranos en silencio absoluto: con una mirada, un gesto, un cigarrillo encendido que se sostiene en un ángulo particular. La bestia urbana no tiene nombre en los reportes oficiales. Pero en las radios de los taxis, en los códigos que solo ellos entienden, existe perfectamente. Y sigue hambriento.

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